Imagino unas vacaciones perfectas como el encuentro silencioso entre un lector y su libro frente a un paisaje sereno, donde el tiempo deja de medirse por horas para seguir el ritmo de las páginas. Es la dulce espera de sumergirse en historias nuevas bajo una luz cálida, permitiendo que la mente viaje mucho más lejos que el propio cuerpo mientras el mundo exterior se desvanece en favor de la ficción.







